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OCTAVO NIETO DE ADRIANO .- Como teclas de un piano que es mi vida para quien las quiera pulsar.
Imagino lo duro que tuvo ser para mi abuelo Adriano venirse a vivir a Madrid definitiviamente para decir adiós a Sevilla en el año 1940. En 1923 había iniciado su vida conyugal en Huelva donde nacieron sus siete hijos. Pero entonces seguía teniendo a su ciudad natal muy cerca y regresó con su mujer y sus hijos en 1935. La tristeza de separse del resto de su familia, de sus amigos y su ambiente sevillano no creo que quedara compensada con su nuevo destino. Imagino que sus obligaciones no le dejaron decidir.
Sin embargo no dejó de evocar su ciudad. No sólo en poemas sino también en artículos, ensayos y relatos que fueron apareciendo como testimonio de su amor por la Ciudad de la Gracia, por sus gentes y por sus costumbres que muy poco se deberían parecer a las que encontró en Madrid.
Y entre estos textos particularmente emocionantes nos parecen los dedicados a la Semana Santa Sevillana con la que se sentía especialmente unido como descendiente de Julio Rossi famoso dorador sevillano y como cofrade de Nuestra Señora del Valle.
Os invito a compartir conmigo su alma sevillana, con este fragmento de su relato La Noche Triste de un Nazareno Sevillano publicado el primero de abril de 1944.- (2)-
"Porque, cada año, cuando la Esperanza de la Macarena se asomaba extramuros de Sevilla, el fresco vaho del riego de las huertas, oloroso a la tierra mojada de los bancales y los atanores, la asediaba, la envolvía con la fragancia de su promesa candeal, mientras que el aire finísimo de la mañana depositaba los aromas del campo en las mismas andas de la Virgen, que iba nimbada por otro olor litúrgico y macerado de los turíbulos. El campo, labrado amorosamente, estaba allí, cercano, prometiéndonos el pan nuestro de cada día; y aquí, en su trono célico entre los paramentos de un barroquismo exhaustivo, la Madre del Señor no ignoraba que muchas de las manos encallecidas por el uso de la azada o de la mancera del arado empuñaban ahora algunas de las insignias de la Hermandad y aquellos centenares de cirios que chisporroteaban su luz, votivamente, entre el rumor sordo de la muchedumbre.
Y Enrique recordaba aquél mundo de imágenes entrevistas bajo el terciopelo de du antifaz. Y el desfile a pñaso lento de la Centuria Romana. Desfile de prosopopéyicas armaduras venidas a menos, con sus metales abollados y brillantes, casi emparentados con la hojalata y las cacerolas de aluminio. El aire de la ciudad le traía todos los correveidiles insidiosos. Y a Enrique se le subía el Guadalquivir a la cabeza. Entonces casi sonámbulo, subió a la azotea de su casa, llevando bajo el brazo su túnica y su capirote de nazareno. Allí tenía preparados los mil pormenores necesarios para su atuendo. Medias, zapatos, cíngulo, antifaz... Para su hábito de penitente, con el que ya no podía cumplir su estación anual porque una especie de "ley de Azaña" quería jubilar sus sentimientos católicos creando unas clases pasivas para los nazarenos sevillanos. Y eso no. Para evitarlo, todavía mandaba él en la azotea de su casa. Y en ella allá arriba, sobre los tejados, entre el zureo de los palomos en celo, la ciudad elevaba hasta él la gran pleamar de sus rumores cotidianos, rumores que su imaginación concretaba en aquel eco difuso y ampliamente melodioso de otro Viernes Santo menos sacrílego que aquél. A la mañana siguiente, Enrique,soñoliento aún, según era su costumbre de cada año cuando se despojaba de su túnica, saludaba a sus amigos, pero ahora gritándoles desde su barbería:
- !Azaña no manda, gracias a Dios, en la azotea de mi casa!
! Allí me pasé la noche vestido de nazareno!".
Me ha sido imposible localizar una fotografía de la azotea de aquél barbero sevillano llamado Enrique. Pero he localizado esta otra fotografía de la azotea de su Giralda. (3)
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(1)Fotografía tomada del libro Semana Santa en Sevilla que perteneció a Adriano del Valle. Con introducción y acotaciones literarias de Luis Ortiz Muñoz. Antología Fotográfica de Luis Arenas y prólogo de Joaquín Romero Murube. Madrid 1947.
(2) Publicado en la revista Fotos, número 370. 1-IV-1944. Dedicado a Manuel Esteve Garrido, parroquiano de Enrique. Recogido en Adriano del Valle Antología Necesaria con estudio preliminar de Mercedes García Ramírez. Ediciones Alfar. Sevilla 1992.
(3) "Sobre la panorámica de la ciudad se estampa la azuzena de bronce. Es una de las cuatro flores simbólicas que desde 1751 se yerguen sobre los ángulos de la Giralda". Acotación literaria a la lámina número 1 del libro citado en la nota 1.