Fueron las últimas palabras que oí de sus labios
Poco después vino el médico a decirnos que había entrado en coma y que no se podía saber el tiempo que permanecería así.
Lo primero que hice fue irme a rezar a la Iglesia de Covadonga en Madrid, la iglesia donde se habían casado mis padres. Le pedí a la Virgen, no a la del altar mayor sino a otra imagen que allí se encuentra, que Dios se la llevase cuanto antes. En realidad no utilice el lenguaje de las palabras sino el de los ojos. Miré fijamente a la Virgen llorando y creo que ella también cambió su rostro sereno a una tristeza infinita. No recuerdo el tiempo que estuve allí. Mi madre falleció pocas horas después.
Ya os conté la manera de reaccionar de mi padre. No pudo ser más serena a pesar de que había perdido a su princesa rubia, como la llamó mi abuelo y he dejado escrito en otro lugar del blog. Tenía razones para ello.
Dicen que cuando una puerta se cierra otra se abre. No deja de ser este dicho un consuelo ingenuo. Pero como decía al principio, cuando falleció mi madre se acentuó en mí el interés por mi abuelo al que no conocí. Y se acababa de marchar un precioso eslabón de la cadena para conocerle. Después al año siguiente se celebraría la exposición conmemorativa del centenario de su nacimiento, que mi Madre tampoco pudo disfrutar. Fue la única de las hijas que no estuvo en la Sala de Exposiciones del Conde Duque. Aunque quizá lo viera en un lugar preferente. No lo sé.
Como os contaba al principio, quizá la historia de este blog, homenaje a mi abuelo materno, comenzó en el momento de fallecer mi querida Madre, sin entonces yo saberlo.
Quizá sea ese uno de los "profundos misterios de la vida" en los que yo pensaba en el preciso momento en que fue sacada la fotografía en cuyo reverso mi padre puso esta leyenda:
" Ignacio-Alejandro a los ocho meses de su edad piensa, en los brazos de su madre, en los profundos misterios de la vida . Octubre de 1964".
Poco después vino el médico a decirnos que había entrado en coma y que no se podía saber el tiempo que permanecería así.
Lo primero que hice fue irme a rezar a la Iglesia de Covadonga en Madrid, la iglesia donde se habían casado mis padres. Le pedí a la Virgen, no a la del altar mayor sino a otra imagen que allí se encuentra, que Dios se la llevase cuanto antes. En realidad no utilice el lenguaje de las palabras sino el de los ojos. Miré fijamente a la Virgen llorando y creo que ella también cambió su rostro sereno a una tristeza infinita. No recuerdo el tiempo que estuve allí. Mi madre falleció pocas horas después.
Ya os conté la manera de reaccionar de mi padre. No pudo ser más serena a pesar de que había perdido a su princesa rubia, como la llamó mi abuelo y he dejado escrito en otro lugar del blog. Tenía razones para ello.
Dicen que cuando una puerta se cierra otra se abre. No deja de ser este dicho un consuelo ingenuo. Pero como decía al principio, cuando falleció mi madre se acentuó en mí el interés por mi abuelo al que no conocí. Y se acababa de marchar un precioso eslabón de la cadena para conocerle. Después al año siguiente se celebraría la exposición conmemorativa del centenario de su nacimiento, que mi Madre tampoco pudo disfrutar. Fue la única de las hijas que no estuvo en la Sala de Exposiciones del Conde Duque. Aunque quizá lo viera en un lugar preferente. No lo sé.
Como os contaba al principio, quizá la historia de este blog, homenaje a mi abuelo materno, comenzó en el momento de fallecer mi querida Madre, sin entonces yo saberlo.
Quizá sea ese uno de los "profundos misterios de la vida" en los que yo pensaba en el preciso momento en que fue sacada la fotografía en cuyo reverso mi padre puso esta leyenda:
" Ignacio-Alejandro a los ocho meses de su edad piensa, en los brazos de su madre, en los profundos misterios de la vida . Octubre de 1964".
Pero el mayor misterio de la vida que es el misterio de la muerte aún quedaba muy lejano para mí. Hasta que desaparecieron aquéllos bellos y delicados brazos de mi Madre que siendo yo bebé me sostenían.