
Con esta frase, a primera hora del día, solía yo amanecer el día de San José, hasta que ya no pudo ser. Le gustaba reservar la mesa más amplia, la única redonda de su restaurante favorito a las afueras de Madrid, para respirar un poco de aire puro. Y una semana antes de morir ya lo había hecho puntualmente, pese a que no podría asistir mi madre. Dios, sin embargo, no quisó hacerle pasar ese mal trago y le llamó -como él mismo decía- el doce de marzo. Ese mismo día había comido yo con él en Goffredo, y antes de marcharnos quedó reservada la mesa para el Día del Padre.
Nunca más celebré esta fecha, hasta que nacieron los trillizos, y entonces eran otros los que me felicitaban a mí, antes de que empezaran a hablar mis hijos y ya poco después me entregaban los regalos que hacían en clase con toda la ilusión del mundo. Creo que el Día del Padre es más celebrado por los hijos porque son ellos quien hacen o compran el regalo. El Padre pese a querer como nada en el mundo a sus hijos, no quiere ser protagonista ese día y si lo celebra es por ver a sus hijos juntos, unidos, como creo que le pasaría también a mi Padre.
He querido recordarle con estas líneas ilustrada con una pequeña figura que le traje de Estados Unidos, quizá en mi primer viaje, y que tenía en su cuarto, hasta que me la traje a su despacho y la coloqué en la principal estantantería delante de los tres volúmenes de las "Instituciones del Proceso Civil" de su admirado Francesco Carnelutti. Del prefacio a la cuarta edición entresaco estas palabras:
"Al fin y al cabo, lo mejor que podemos hacer, en la escuela, es enseñar, con el ejemplo mejor aún que con el precepto, el amor por la verdad; pero el ejemplo consiste en creer en aquello que se dice".
No recuerdo que mi padre hiciera conmigo los deberes, pero sólo con su ejemplo, de laboriosidad y amor por su profesión, aprendí a esforzarme en aprobar las asignaturas. Ahora en la soledad de su despacho intento, sin pretender alcanzarle, seguir su camino.