
Creo que también era un día soleado como el de hoy. No lo recuerdo bien porque los días que marcan una vida no dejan una impresión en nuestro cuerpo sino en nuestra alma.
No sé cómo aquel día al levantarme acerté a anudar me la corbata la misma corbata que llevo hoy, una corbata alegre, de lana naranja, creo que me dio suerte, aunque esto sólo no se quién, lo sabe.
Era por una parte el final de una larga espera, pero por otra parte el comienzo de una nueva vida. Como siempre las dos caras de una misma moneda que no se oponen sino que se complementan formando un todo, en este caso mi vida.
No estaba nervioso, estaba sencillamente expectante, y habiendo asimilado que no podía hacer nada, simplemente esperar a que “todo saliera bien”.
Como siempre la historia se remontaba meses antes cuando supe la noticia que me impactó tanto que no supe cómo reaccionar, ante lo desconocido, ante algo que se salía del guión. Alguien me enseño en aquella otra ocasión que no debemos ponernos en lo peor aunque no sepamos en principio cómo hacerlo.
Pasaron los meses y me encontraba, aunque acompañado, anímicamente sólo.
No se con cuanta antelación llegué al Hospital, o si había dormido allí, creo que no.
Me viene a la memoria la imagen en la que se aleja la camilla, con mi mujer acostada, con una mirada que lo decía todo. Maternidad. Y su Padre, junto a ella, acompañándola en lo que fue según le dijo a ella después, “el momento más feliz de su vida”.
Pasado un buen rato, sin saber lo que había pasado al otro lado, sin apenas poder reaccionar entre un momento y otro, fueron apareciendo una detrás de otra tres incubadoras, creo que en alguno de esos momentos nuestra querida doctora me dijo algo así como que una de aquellas criaturas era igual que su padre. Dios la bendiga por todo lo que hizo por nosotros.
Y en cada una de ellas, como el mayor de los tesoros, se cobijaban mis hijos absolutamente indefensos, pero a la vez como algo muy precioso y delicado.
Así es como lo recuerdo ahora ocho años después.
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El único amor perfecto, el único amor puro y desinteresado, es el del padre hacia sus hijos. El padre es capaz de hacer por el hijo lo que no haría por ninguna otra persona. El hijo es obra suya, carne de su carne, sangre de su sangre; es una parte de él, que le ha ido creciendo al lado, día a día; es una continuación, un perfeccionamiento, un complemento de su propio ser; el viejo revive en el joven; el pasado se contempla en el futuro; el que ha vivido se sacrifica por el que tiene que vivir; el padre vive para el hijo, se goza con el hijo, se vuelve a ver y se exalta en el hijo.
Giovanni Papini.
Historia de Cristo Storia di Cristo 1921. Paternidad (fragmento).